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El mundo de los artistas va mucho más allá de tener una idea creativa y darse modos para parirla, tras las bambalinas es un caos sincronizado, los procesos de creación un laboratorio de frustraciones y alegrías, técnicos y ayudantes por doquier, pero nada se compara con estar frente al público presentando la propuesta, entre todo este movimiento el lugar menos emocionante —más no para mi— sin lugar a duda, es el trabajo de escritorio.

Con todos los elementos de esta labor artística, incluidos la presión y la diversión entre otros, mi rutina, muy similar a la de mucha gente, se vería alterada drásticamente desde el 20 de octubre de 2019, día de las elecciones presidenciales, fecha precedida por un ambiente de tensión, debido a la participación de Evo Morales como candidato hacia un cuarto mandato, a pesar de los resultados del referéndum del 21 de Febrero del 2016, que rechazaba dicha postulación.

En los días posteriores, las manifestaciones de rechazo y apoyo a los resultados electorales se hicieron notorias en varias ciudades del país: unos defendían y apoyaban mientras que otros demandaban la anulación y martillaban el tema del fraude electoral. Por un lado se declararon en paro varios sectores de zonas urbanas y se instalaron bloqueos en calles y avenidas, por otro, sectores afines al MAS convocaban a marchas y concentraciones.

Fuente: Propia

Fuente: Propia

Naturalmente a mí me preocupaba el sector cultural, los paros afectaron las actividades, para esas semanas se esperaba el Festijazz y el Festival de Teatro Bertolt Brecht. Al mismo tiempo me extrañaba la ausencia de los artistas frente al conflicto, pese a que generalmente los mueve temas que afectan a su sector, como en 2016 cuando exigían al Ministerio de Culturas la creación de políticas culturales en lugar de ocuparse de organizar el Rally Dakar o en 2017 cuando se veían marchas de músicos en varias ciudades en contra de una disposición gubernamental que les exigía pago de impuestos.

Aunque a veces me pierdo en estas divagaciones, los informativos son siempre un cable a tierra, pese a que las noticias trazaban autopsias superficiales de los momentos de conflicto, y las redes sociales eran el principal medio de información y desinformación, todo era una lluvia de ruidos y aspavientos visuales en la vida real y en el mundo virtual.

En mi barrio la escena no era diferente, las vecinas reunidas en las tiendas soltaban sus comentarios sazonados con cierta indignación, mis amigos lo propio, aunque podía notar en sus argumentos el guion de algún presentador de noticias, convertidos en las nuevas estrellas del entretenimiento en el escenario de la convulsión social.

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Hace tiempo que la bicicleta es mi medio de transporte principal, por experiencia puedo ir a cualquier parte de la ciudad, casi a cualquier hora, siempre atenta, obvio, de que algún desgraciado no me arrase en cualquier momento. Esta práctica me dio cierta ventaja para afrontar este clima de paros y bloqueos.
Sin embargo, era inevitable caminar bastante esos días, las zonas más atrincheradas impedían el pedaleo constante de este armatoste que se ha convertido en mi cómplice a la hora de recuperar los ánimos, tomar aire y despejar la mente.

Por aquellas fechas me encontraba trabajando en la producción y desarrollo de contenidos para un programa de TV sobre cultura y arte. El efecto de los paros, puso a mi equipo en algunos apuros, siendo afectados o cancelados los eventos culturales de los que solíamos realizar reportajes. Los bloqueos dificultaban la llegada a las entrevistas programadas, en más de una ocasión la tensión del ambiente o alguna marcha aproximándose me ponían nerviosa y alerta para evitar infortunios, y es que hay que cumplir nomás la agenda laboral.

Uno de esos días, junto a una compañera del programa, fuimos al ensayo de la banda de Gypsy jazz Mala Traza para entrevistarlos, allá por la zona de la Muyurina, lugar donde se suscitaron varias confrontaciones. Llegué al lugar con el equipo de filmación en la mochila y los sentidos activados a mil. Cucó el líder de la banda nos recibió y comentó que estaba aliviado de que hayamos llegado en ese momento, minutos antes había pasado una de las marchas y mientras nos encontrábamos ahí, observamos desde su ventana como pasaba otra. Aquel día no se realizó la entrevista, pues los demás integrantes de la banda no pudieron llegar al ensayo.

La función debía continuar y mi trabajo no podía detenerse. Frente a mi otra fiel compañera, —la computadora— intercalaba momentos entre mi labor y chequear las noticias a manera de descansos, aunque a veces provocaban más tensión.

Las redes sociales visualizaban notoriamente las posiciones polarizadas, los comentarios inundaban las publicaciones, los memes hacían su trabajo, y resaltaba la intolerancia, distanciando a las personas por sus opiniones.

Entre toda esa maraña de contenidos, una especie de resignación me invadió ante el hecho de que el sector de artistas no realizaría ninguna manifestación. Pienso que una de las fortalezas del arte, es impactar en las personas, desde un tono rebelde, creativo y revolucionario, como chispas de transformación en la sociedad, acuñando cuestionamientos, interpelaciones y reflexiones.

Pero el 8 de noviembre, en el vaivén de ventanas en mi computadora, me encontré con una publicación en la página del periódico Opinión que destacaba unas fotografías con el siguiente titular: “Un mimo distiende el conflicto en el centro de la ciudad”.

 

Ver esa nota, fue un shock, un mimo solo entre toda esa multitud, muy delgado y que seguro no pasa el metro 60 de estatura, se había sumergido en aquella caterva, intentando calmar con su show las aguas de ese mar de lava ardiente, el artista intervenía en el conflicto.

Vi esas fotos con sorpresa, ya que un día antes, con todos los obstáculos del caso, me había reunido con Raymundo Ramos, el mimo de la marcha, para una entrevista, sobre su trayectoria como actor de teatro. Entonces, sin pensarlo dos veces me comuniqué con él para saber cómo se encontraba tras su intervención. Acordamos reunirnos nuevamente y fue allí donde me comentó el suceso.

—Yo estaba yendo, así como imitándolos, demostrándoles de alguna manera como se están comportando ellos, y claro mostrándoles, mira así te ves, así te ves con tu cara así, no te estoy diciendo (con palabras) pero así te ves cumpa— Raymundo hace muecas de gestos enojados y exagerados —Entonces ¡loco! estás jugando tu convicción, estás jugando tu sentimiento de qué es lo que eres, así como tu filosofía de artista y todo eso cuando estás viendo algo injusto, entonces manos a la obra ¿no?—.

Raymundo, quien acostumbra montar espectáculos en los semáforos e impulsado por sus reflexiones, optó por asumirlas desde su arte callejero. Aquel día de esa marcha, tomó uno de sus vestuarios y con la cara pintada de blanco, salió de su casa en Alto Cochabamba, con la intención de instalar su acto en una intersección que cruzaba con el recorrido de aquella protesta, la marcha de los sectores vecinales de la zona sur que querían hacer respetar su posición.

—Me dije ¿sabes qué? voy a ir a laburar a la calle mañana cuma, así sin querer queriendo, me voy a ir a parar por donde van a pasar estos cuates, y me voy a meter si o si— mientras me contaba con euforia su relato, yo me cuestionaba si todavía existen artistas que idealmente quieran enfrentar las brechas de la intransigencia —O sea, vos estás en tu rol, no sé si es de mediador, si es el del centro, el árbitro, no sé, pero creo que es esa huevadita que está ahí ¿no ve? te juegas la cabeza también, porque tiene que decir ¡ya! Estas son las consecuencias de lo que haces, cuestiones que has hecho sin pensar o que has hecho por intención—.

Verse de frente con el público, conlleva otro tipo de emoción en comparación a otros soportes artísticos, sin embargo, para abordar al público transeúnte en el arte callejero, se requiere de mucha premeditación y gran capacidad de improvisación, es un trabajo aparte del que conlleva la preparación de una presentación, es un lanzarse a tu suerte y darlo todo; y Raymundo la logró.

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La literatura, por otra parte, permite escudriñar en el mensaje del artista una y otra vez, curioseando en sus antecedentes, varias veces fui a dar, con el uso de referencias y registros del contexto de los autores, en sus textos, a menudo cayendo en las trampas de la ficción y el realismo, cuando se trata de temas sociales y políticos. Como aquel Vargas Llosa que refleja las dictaduras del Perú en “Conversaciones en la catedral”, o “El señor presidente” de Miguel Ángel Asturias, que muestra facetas políticas de la Guatemala de inicios del siglo XX.

Creo que con el tiempo, esas posturas de alguna manera se fueron desvaneciendo —o que el arte se ha diversificado hacia muchos otros lados— casi extraño esas referencias históricas cuando aparecían aguerridos artistas sin miedo a las represiones y entregándose junto a las luchas colectivas, parece que en los últimos tiempos varios han elegido aquella postura que indica que el arte no debe inmiscuirse en temas políticos.

¿Acaso el lenguaje de las artes no debería jugar siempre un papel en los procesos de su entorno? Esta pregunta retumbaba en mi mente mientras recorría las calles, esquivando bloqueos y bloqueadores, aderezadas a momentos con la explosión de petardos, como si estuviéramos en una guerra o en una fiesta.

En mis recorridos, veía tantos lugares paralizados, el Teatro Achá como un monumento impenetrable; el ICBA y la Alianza Francesa cerrados como si fuera domingo permanente, imaginaba salas vacías; pasaba por los espacios para conciertos, El Tambo, Typica, Pablos Pub, la recién inaugurada Chinkana Wasi y el Jazz Stop que no hace mucho había reabierto, uno tras otro, como un cementerio de boliches. Al resto de la población parecía no importarle nada.

Eso me llevaba a preguntarme ¿En qué medida incidirá el arte dentro la sociedad? ¿Cuál es su función? O de un tiempo a esta parte, recayó en el entretenimiento, que por cierto para muchos es el estigma que se le ha impuesto, impulsado con aquella noción de cautivar a las masas, y los discursos engalanados sobre la cultura.

Uno de esos días me detuve frente a la biblioteca del Centro Patiño, con el recuerdo de una novela que me presté hace unos años, en cuyo contenido, mi mente trata de encontrar alguna pista para mis interrogantes. “Las reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez, cuenta la historia de Javier Mallarino, un caricaturista influyente en la política colombiana, que con su trabajo hace una parodia sobre un suceso alrededor de un congresista, quien termina suicidándose y surge entre sus colegas la pregunta ¿Se siente usted responsable en alguna medida de su muerte?

Seguramente Mallarino no calculó el impacto de su caricatura en torno a ese hecho, pero transcurridos los años, surgen las reflexiones como las consecuencias de los actos a los que hacía alusión Raymundo. Quizás todos los artistas —a lo mejor sin saberlo— llevan un Mallarino dentro, uno que es monstruoso y adorado al mismo tiempo, que no puede ver el impacto de su arte y sus consecuencias, sino hasta tiempo después.

Bajé hacia el Prado llegando a la Plaza De Las Banderas cuando se entonaba el Salve Oh! Patria en pleno cabildo; un ambiente bastante peculiar, muchas personas vestidas de blanco, algunos en familia, otros entre amigos, y montón de motocicletas estacionadas hacia el lado norte de la plaza, el escenario parecía haber sido armado para un concierto de magnitud, di una vuelta por la rotonda y entre todo ese barullo noté las banderas latinoamericanas, flameando levemente, atestiguando todo lo que ocurría en esos días. Pensé en los otros países que ese año también pasaron por contextos de violencia y enfrentamientos, y cómo las artes apelan a incidir en el mundo político, desde diferentes tácticas.

En Argentina, desde los sesenta, ha contado con una fuerte presencia de artistas acompañando las demandas sociales con el movimiento artístico-político Tucumán Arde. Chile desarrolló una serie de acciones artísticas, como denuncia a los abusos del régimen de Pinochet y en la actualidad cuenta con la vigencia de CADA (Colectivo de Acciones de Arte) referente de intervenciones artísticas y agente político-social. Y no se puede ignorar el acompañamiento del movimiento de los muralistas mexicanos en las luchas sociales.

Entre estos pensamientos y la complejidad de lo que ocurría a mi alrededor, no encontré ningún rostro familiar y comencé a sentirme incómoda, sin dudarlo, monté la bicicleta y emprendí la vuelta a casa.

Mientras manejaba despacio, recordaba muchas charlas con amigos que afirmaban que el simple hecho de hacer arte ya implica hacer una transformación de la sociedad, porque el público aunque pasivo, de alguna manera se lleva algo. Vuelvo otra vez a esas dos cuestionantes: ¿el arte debería ser parte activa de las transformaciones sociales y políticas de la sociedad? ¿el artista sólo debe hacer arte?

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Inflo las llantas de la bici para ir a trabajar mientras suena la música en la radio de un vecino a todo volumen, en intervalos, el locutor opina sobre la tensión que produjo la renuncia de Evo Morales a la presidencia, y la posesión de la senadora de la bancada Demócrata, Jeanine Añez. Salgo a la calle y emprendo el trayecto, veo amontonados en esquinas vestigios de los bloqueos —alambres de púas relucientes— observo las paredes que alternan entre grafitis y estampas del “21 F”, recuerdo que tengo pendiente ir a ver un enorme mural que fue pintado cerca a Sacaba en respuesta al enfrentamiento suscitado en esa zona.

El nombramiento de Añez produjo movilizaciones en su contra, una marcha desde el lado de Sacaba conformada por sindicatos provenientes del Trópico y otras zonas rurales, fue brutalmente intervenida por policías y militares en la localidad de Huayllani. A consecuencia de este hecho crecieron estigmas, juicios, eslogans, etiquetas, hashtags, todo tipo de opiniones sobre las posiciones surgidas respecto a este enfrentamiento y el de Senkata en la ciudad de El Alto.

Después de estas confrontaciones, comencé a notar convocatorias de colectivos artísticos, actividades y encuentros por la pacificación del país, tales como el evento “Arte para curarnos” realizado el 15 de noviembre en el Parque Lincoln o el “Encuentro cultural de comunidades urbanas” que lanzó el Allyu Apu Tunari para el 23 del mismo mes.

Entre estas movidas los colectivos Epidemia y Arte Inmortal, invitaron a la realización de aquel mural al que denominaron “Por la paz de nuestros pueblos originarios”, donde participaron 12 artistas, interviniendo 50 metros de pared. De alguna manera los territorios se habían marcado simbólicamente y la acogida a los pintores no presentó ningún inconveniente con los vecinos del lugar.

Fuente: Propia

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No logré acercarme a Sacaba en aquel entonces, el bloqueo permanecía día y noche. pero pude ver mediante fotografías, las imágenes que albergaba, dos ancianos uno junto a un jaguar y otro cerrando los ojos con fuerza, unas mujeres de pollera sosteniendo la bandera tricolor y en el centro de la composición, una niña campesina con aguayo y sombrero blanco de oveja. A lo largo de la pared, la bandera boliviana y la wiphala. Siento que el mural contiene una potencia y un registro importante para la memoria además de un mensaje de hermandad.

Al detenerme en un semáforo, observo un banner de un concierto próximo –por fin– me digo, y aunque los tributos no me gustan, me alegra ver nuevamente la movida cultural, pese a que no responde al conflicto que acababa de suceder. Aquella gráfica y su estilo tan diferente al mural de Huayllani, propio de un universo alterno, el virtual, me recuerda otro asunto pendiente.

Al salir de casa, revisé brevemente mi Facebook en el celular, vi de pasada un videoclip que llamó mi atención, titulaba “Resistencia” y la imagen que aguardaba en el play, mostraba un grupo de personas con petardos, la prisa no me permitió ver el video en ese momento, pero me dejó pensando que, aunque ya estábamos en diciembre era el primer tema musical que vi con relación a los hechos suscitados. Como muchos de los sectores del gremio artístico, los músicos también estuvieron muy al margen de los acontecimientos.

Con frecuencia se me hace raro que en el país no haya mucha producción de composiciones musicales, que aborden las temáticas de los conflictos sociales, creo que el género donde más he escuchado este contenido lírico es el hip hop.

Llego al set de grabación y reviso la llanta delantera que se venía sintiendo rara unas calles atrás, la reviso haciendo presión y siento que ha perdido aire, espero que aguante, entro al lugar y aguardo que llegue el resto del equipo, mientras saco mi celular, nuevamente me aparece ese video, hago clic y observo que es un homenaje a las personas afines al grupo “Resistencia Juvenil Cochala” que participaron en las movilizaciones, con la línea discursiva del fraude electoral, el 21F y en oposición al entonces gobierno del MAS.

 

Fuente: Propia

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Christian Choco Rodríguez es el autor de la composición, producción y difusión de aquel clip musical.

Caballeros de la libertad
Protegiendo a toda la ciudad

Las primeras líneas entonan un mensaje muy concreto respecto a la posición de una parte de la ciudadanía frente la RJC, mostrando calles bloqueadas, una gran cantidad de personas movilizándose en motocicletas —rasgo característico de este movimiento— con personajes vistiendo chalecos similares a la indumentaria del personal de seguridad privada, como una suerte de uniforme de protección y pañoletas para su accionar encubierto, “Resistencia” fue el grito que los identificó.

Y al volver, la moto quedó atrás
Solo una verde pañoleta se ha devuelto
¡Resistencia! ¡Resistencia!

Sigo deslizándome en la pantalla y encuentro una entrevista del canal ATB, donde el Choco Rodríguez manifestó que la letra se había inspirado en el fallecimiento de un integrante de la RJC hecho que fue determinante para plasmar su sentir en el tema.

Esta producción destaca el uso y calidad técnica de las imágenes, los planos generales del clip muestran colectividad y el movimiento de este grupo, preparándose para defenderse, los planos detalle enfatizan en el logo de la RJC y su indumentaria. A partir del arte, aspiraron a construir un instrumento que buscaba sensibilizar no solo a sus seguidores sino a la población.

El vídeo produjo reacciones y controversias, especialmente en la red social Facebook, con alrededor de 2.231 comentarios atizados por posiciones a favor y en contra; mientras que en la plataforma de Youtube no alcanzaba ni las 400 reacciones, aunque los comentarios si bien son pocos, son de apoyo a la canción. (Lo más probable es que a la fecha las estadísticas hayan variado)

Los debates alrededor de esta producción fueron variados, pero era evidente el posicionamiento político que había adoptado este artista, así como el caso de los autores de los murales de Sacaba.

Entre estas acciones era imposible no pensar en la intervención de Raymundo con los marchistas de la zona sur. Los murales no tienen esa accidental aparición y expresión, tanto las pinturas, como la canción fueron realizados con un objetivo premeditado, definir si es una acción con interés político o no, puede ser un tema complejo, no obstante esta multiplicidad de imágenes ya son parte de una cronología de la historia, con sus imaginarios e ideologías.

Ser artista y estar con una posición política-ideológica puede ser quizá un arma de doble filo, automáticamente un sector de la sociedad lo rechaza porque no coincide con sus lineamientos, pero suele existir también otro sector que lo legitime, sin embargo, cuando no expresa o elige un posicionamiento, existe la posibilidad de que se trabaje por el arte mismo, como una convicción del artista que busca un instrumento de transformación.

Salgo del set y veo que mi llanta está más baja, tengo dos opciones, buscar un bicicletero o llevármela en un taxi a casa, menos mal, no tuve este problema durante las semanas de conflicto, y aunque estos últimos meses del año causaron incertidumbre y perjuicios en el sector artístico, espero que el 2020 sirva para que nos recuperemos.

EPÍLOGO

Tras los conflictos sociopolíticos, se podía notar una calma aparente —encima las fiestas de fin de año— y poco a poco los sucesos acontecidos, se iban diluyendo en la memoria de los bolivianos. Pero este no era mi caso, me quedaban sin sabores, dudas y vacíos sobre aquellas preguntas de la posición del arte en los conflictos sociales.

A la par del nuevo año, iniciaba un nuevo proyecto, en un espacio cultural alejado del eje central de la ciudad, La Troje Cultura Arte, uno de esos días, tras una reunión de coordinación con el equipo, me quedé en el patio principal aprovechando el wi-fi y el silencio de la tarde.

Enrolé un cigarro mientras observaba el vacío del lugar, que usualmente alberga una circulación viva de actividades y proyectos artístico-culturales, me cuestionaba ¿Por qué estos actores, no se posicionaron durante el conflicto? Bien que le meten un trabajo minucioso y creativo al organizarse para sus proyectos, que muchas veces dejan experiencias interesantes ¿El silencio se apoderó de ellos en esta ocasión? Lo cierto es que el arte interpeló muy poco, en una situación en la que necesariamente podrían haber plasmado sus propuestas e ideas.

Cuando Raymundo intervino en ese escenario de conflicto, nunca pensó en tomar una posición concreta, desde sus comentarios, entiendo que encontraba muchas sensaciones e intereses en ese ambiente tan candente, y en el fondo buscaba apaciguarlo, casi sin pensar cuánto impactaría en aquellas personas.

Al fin el wi-fi se conecta y el celular vibra por los mensajes de whatsapp, me acerco al centro donde la fogata suele encenderse, sigo pensando ¿Esa sería la verdadera naturaleza del arte? ¿Mediar e interpelar en la sociedad?

Se me vienen ideas, que pueden sonar a especulación: la naturaleza del arte gira entorno a las sensaciones del artista y es necesario comprender que su expresión puede ser vista desde distintas perspectivas, incluso teniendo en cuenta su verdadera intención, esos productos se convierten en instrumento de interpretación de la sociedad sobre los que se vierten distintas connotaciones nutridas por el público al que llega.

Encuentro una disyuntiva alrededor de las expresiones en los murales y el tema musical del Choco Rodríguez, pese a que en ambos era notorio el posicionamiento, en el primero las pinturas intentaban exponer la reivindicación del sector que en ese momento fue reprimido —originarios y campesinos— concretamente plasmados en la pared. En el caso de Choco Rodríguez la figura era diferente, pues la intención era idealizar un grupo de personas que si bien fue el contenedor de las sensaciones de un sector de la población, no logró representar una propuesta de mediación o integración de la sociedad, como indicó que fue su propósito, estos son los gajes del oficio artístico, nunca se puede tener una certeza de lo que va a pasar aunque las proyecciones estén bien dirigidas

Me fijo la hora y debo retornar a casa; me golpea la siguiente cuestionante ¿Será necesario que el arte interpele a la sociedad y sus problemáticas?

Algunos aceptan el arte de manera superficial, mientras que otros esperamos que se comprometa con la sociedad, pues sus expresiones aunque tengan intencionalidad o simplemente quieran arder con sus obras, ambas son necesarias, sea cual sea la coyuntura. Esta pulsión es latente y creo que en momentos candentes se refleja aún más; pero ¿Por qué tendría que hacerlo?

¿Será que el arte en tiempos del siglo XXI se ha convertido en una simple quimera? Ese ser mitológico que a la vez formado con otras bestias, generan en el común de las personas distintas reacciones y al mismo tiempo un temor; sin comprender que es una simple ilusión. Son los artistas y el arte que a la par están formados por vivencias y sus sentimientos, expresiones vistas a momentos con una simplicidad que a la vez asusta y desconcierta a la sociedad.

Las diminutas brazas llegan a quemar el filtro improvisado de mi cigarrillo anunciando la hora de irme, monto la bicicleta, busco los audífonos y se reproduce en aleatorio, “Guerra urbana” de Grind. Quizá sea una respuesta a mis preguntas.

Fuente: Propia

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Texto: Liz M. Mendoza /  Edición: Franz Huanca / Colectivo de Investigación Cultural La Troje/ Fotografía Principal: David Flores